En una ocasión, Apolo se había burlado de Eros (Cupido para los romanos), el joven dios del amor, quien decidió vengarse. Así que disparó una flecha de oro al corazón del dios Apolo mientras contemplaba a la hermosa ninfa Dafne, hija del dios-río Peneo, y otra flecha, ésta con la punta de plomo, al corazón de la ninfa. Desde aquel día, Apolo se enamoró perdidamente de Dafne, y ésta se horrorizaba ante la idea de concederle su amor. No es fácil huir de un dios, ni tampoco aconsejable, de manera que la bella Dafne pidió ayuda a su padre Peneo, según dicen algunos, o a la diosa Madre, según dicen otros, para poder escapar para siempre de los requerimientos de Apolo. Su petición fue atendida: sus pies se convirtieron en fuertes raíces que se clavaron en tierra, y sus brazos y cabellos en las ramas y hojas de un aromático laurel. El dios Apolo, con el corazón destrozado, se abrazó al tronco del árbol y, entre lágrimas, anunció que, ya que no pudo ser su esposa, en adelante ése sería su árbol sagrado. Desde entonces, el dios lleva siempre una corona trenzada de hojas de laurel en memoria de su amada Dafne, y ése será también el rasgo distintivo de los poetas y de los que alcancen la victoria.
Este mito ha inspirado a numerosos artistas: en sus Metamorfosis el poeta latino Ovidio nos cuenta la historia de este amor desgraciado, pero también el poeta renacentista español, Garcilaso de la Vega, dedicó un soneto a la transformación de la ninfa en árbol:
A Dafne ya los brazos le crecían,
y en luengos ramos vueltos se mostraba;
en verdes hojas vi que se tornaban
los cabellos que el oro escurecían.
De áspera corteza se cubrían
los tiernos miembros, que aún bullendo estaban:
los blancos pies en tierra se hincaban,
y en torcidas raíces se volvían.
Aquel que fue la causa de tal daño,
a fuerza de llorar, crecer hacía
este árbol que con lágrimas regaba.
¡Oh miserable estado! ¡oh mal tamaño!
¡Que con llorarla crezca cada día
la causa y la razón porque lloraba!
El escultor barroco Bernini realizó una de sus obras maestras basándose en el mito de Apolo y Dafne: observad cómo las figuras parecen moverse, cómo se aprecia la transformación en las manos, los pies y los cabellos de la ninfa.
Conocer los mitos clásicos, como veis, nos ayuda a comprender mejor el arte y la cultura occidentales, incluso de épocas más recientes.
En cualquier caso, ¿no es una bonita historia?

Me ha gustado el blog. ¡Ánimo, y adelante!
ResponderEliminarSaludos desde Cayón.
Guillermo.